La pequeña J. introdujo la mano en el cajón y sus dedos se deslizaron entre las prendas de ropa interior hasta que palpó algo duro. Aquello no eran unas bragas ni un sostén, estaba segura. Se puso de puntillas. Aún así no conseguía ver el tesoro que intuía acababa de descubrir.
Miró hacia atrás y comprobó que seguía sola en la habitación. Tiró con delicadeza del objeto que, además de duro, era suave. Al sacarlo completamente de aquel cajón-cueva, pudo ver que se trataba de un pequeño cofre de piel marrón con cierre dorado, que debía ser, por lo menos, de oro puro.
Lo sostuvo entre sus manos y dudó por un momento, quizá sería mejor que se lo dijera a sus padres antes de abrirlo... quizá no. Levantó la tapa y encontró lo que se encuentra normalmente en los cofres que se esconden en los cajones más altos; anillos, pendientes, una pulsera rota... Pero J. notó que la parte superior se movía como si se pudiera levantar. Tiró de ella, esta vez no tan suave, y algo calló al suelo provocando un clinc-clinc-clinc mientras rodaba hasta colarse bajo la cama.
"Luego lo cojo", pensó J. que había descubierto algo que no esperaba en la parte baja del cofre. Era un diente, un diente pequeño, un diente de leche, ¡su diente! No tenía ninguna duda, era el suyo. Pero... ¿cómo había podido llegar hasta ahí si el Ratón Pérez se lo había llevado?, si hasta le había escrito una carta felicitándola por lo limpio que estaba y le había dejado una moneda...
- Papaaaaaaaaaaaaaaaaaa.... Mamaaaaaaaaaaaaaaaa...!!!
Sus padres tampoco daban crédito a lo sucedido pero, seguramente, el Sr. Pérez quería que la pequeña J. pudiera guardar aquel tesoro para siempre y por eso lo había dejado, a buen recaudo, en el cofre.
El diente volvió al cajón-cueva. Un anillo se quedó bajo la cama.