Amanecieron muchos días y durmieron muchas noches y la Sastresa y el Hada cada
vez eran más amigas. Les encantaba trabajar entre puntadas, canciones y dulces,
pero sobretodo lo que más les gustaba era pasar todo ese tiempo juntas. La Sastresa se había dado
cuenta de que con cada golosina, pastel o chocolate que compartían con tanto
amor, el Hadita
crecía en tamaño y sus alas cada vez se veían más pequeñas. Ya parecía más una
niña que un Hada. Ella, que no había tenido hijos, estaba encantada de tener a su
lado a aquella personita que la hacía tan feliz.
- Rizada, he pensado – dijo la Sastresa – Que quizá ya
no sea necesario que te escondas cada vez que venga un cliente. Ya tienes casi
la altura de cualquier niña y podemos camuflar tus alas debajo de la ropa.
El Hada sonrió muy contenta – Oh! Generosa, nada me gustaría
más que dejar de ser un Hada, convertirme en una niña de verdad y no vagar por
el mundo dentro de este espejo mágico. Pero es muy complicado. Sólo con la
amistad sincera de un humano, que no sea el propietario del espejo, podré dejar
de serlo – El Hada se puso un poco triste y la Sastresa corrió a
abrazarla.
- Seguro que lo consigues Rizada, por el momento vivirás
como una niña, yo te quiero como si fueras mi hija, no me importa que tengas
alas y puedas hacer magia, lo que quiero es que seas feliz.








