La fama de la
Sastresa era ya tan grande que había llegado hasta el Palacio
del Rey Grandioso
y la Reina Justa.
Ellos eran unos maravillosos gobernantes, siempre trabajando por el bien de los
habitantes de País Medieval, pero estaban muy preocupados por su hijo, el
Príncipe Peque. Ser Reyes les requería pasar mucho tiempo en el despacho
ocupándose de las miles de cosas que ocurrían en su Reino, así que a veces les
costaba sacar tiempo para estar tranquilamente en familia, hablar y jugar con
su hijo. El Príncipe Peque se había convertido en un niño solitario y triste, no quería
jugar con los otros niños de Palacio y se pasaba las horas en su
habitación. Nadie en País Medieval conocía el motivo de aquella tristeza,
ni siquiera sus padres.
"Toc-toc-toc", sonó la puerta del taller. Cuando la Sastresa la abrió se
quedó perpleja y sin saber qué decir. La que llamaba tan
insistentemente era la Reina Justa
en persona.
- Buenos días, Su Majestad – saludó por fin la Sastresa haciendo una
reverencia - ¿En qué puedo ayudarla?
- Buenos días Generosa, necesito que confecciones un traje
para mi hijo el Príncipe Peque. Preparamos una fiesta es su honor para dentro
de tres días en Palacio.
- Pe… pero…, Su Majestad, en Palacio trabajan los mejores
sastres del Reino – balbuceó la
Sastresa.
- Sí, así es – afirmó la Reina - Pero no quiero al mejor sastre, quiero
que tú confecciones el traje. Mi hijo está triste y no conocemos el motivo, le
preparamos esta fiesta para intentar animarle, y sé que tus ropas no sólo
sirven para vestir, también ayudan a quienes las llevan a sentirse mejor y ser felices.
- Será un gran honor Majestad – dijo finalmente la Sastresa y se
despidieron.
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