Los dos niños salieron de la habitación cogidos de la mano. Sus caras sonrientes se reflejaron en el espejo y ambos se sintieron los más
afortunados, felices y queridos del mundo. El vestido ya era lo de menos, al Príncipe
no le hacía falta magia alguna para sentirse bien. Ahora tenía el valor para
contárselo todo a sus padres y así lo hizo. Los Reyes, al contrario de lo que
él había imaginado, se mostraron encantados de tener un hijo artista. Por su parte, Grandioso y Justa buscaron la forma de organizarse mejor y dedicarle más tiempo a la familia.
Tenéis que saber que la Fiesta del Príncipe Peque fue todo un éxito. Hubo
baile, canto y poesía. Como invitadas de honor acudieron la Sastresa Generosa
y el Hada Rizada y entre los numerosos asistentes no faltaron la Panadera Dulce , el
Arquero Valentín, la
Bruja Rockera , la
Niña Áfrika y la que os habla, la Juglar Damelú.
Por deseo expreso de los Reyes, la Sastresa y el Hada se
mudaron a Palacio donde trabajaron en el taller real y nunca les faltó un dulce
que compartir. Algunos dicen que cuando se hicieron mayores, Rizada y Peque se
enamoraron y fueron felices por siempre jamás.
Y cuento contado este cuento se ha acabado, yo sólo espero
que te haya gustado.
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