Llegó el día en que el Príncipe Peque, acompañado por su
madre la Reina Justa,
entraron al taller para probarse el preciado traje. Mientras la Sastresa y la Reina hablaban sobre las
telas y la confección del mismo, el Príncipe y el Hada, con sus alas bien
escondidas bajo la ropa, esperaban en otra habitación.
Rizada pudo observar que, ciertamente, la cara del Príncipe
reflejaba una gran tristeza. Se armó de valor y se atrevió a preguntarle –
Príncipe Peque, ¿por qué pareces estar tan triste?
Él levantó un poco la vista y le contestó – Tengo un secreto
que a nadie puedo contar – y volvió a mirar al suelo cabizbajo.
El Hada no pudo contenerse y lanzó una gran carcajada.
- Pero, ¿se puede saber de qué te ríes?! – gritó el Príncipe enfadado.
- Perdona Majestad. Me río porque yo también tengo un gran
secreto que no puedo compartir con nadie y estoy completamente segura de que es
más grande que el tuyo – dijo el Hada convencida .
El Príncipe se sorprendió con las palabras del Hada, nunca
nadie le había dicho algo parecido y la curiosidad le hizo preguntar - ¿Y cual
es ese gran secreto? A mí me lo puedes contar.
- Está bien – contestó el Hada – Pero con una condición.
Después me tienes que contar tu secreto.
El Príncipe dudó un poco, pero deseaba tanto conocer el
secreto de aquella niña que aceptó el trato.
- Mira – dijo el Hada mientras desplegaba sus alas
transparentes y brillantes como los diamantes.
El Príncipe con los ojos como platos se acercó a tocarlas –
No puede ser real! ¿Eres un Hada? – le preguntó aún incrédulo.
- Sí, así es. Soy el Hada Rizada y vivo dentro del espejo
mágico de la Sastresa ,
aunque lo que más deseo es convertirme en una niña, por eso escondo mis alas.
Esta vez fue el Príncipe quien lazó una sonora carcajada.
- ¿De qué te ríes tú ahora? Yo no le veo la gracia! – Gritó
el Hada.
- No te enfades por favor. Es que tenías toda la razón, tu
secreto es mucho más grande que el mío – dijo el Príncipe por fin sonriendo –
Bien, ahora es mi turno. Siempre estoy tan triste porque en realidad yo de
mayor no quiero ser Rey, a mí lo que me gusta es cantar, bailar y actuar,
quiero se artista, no quiero gobernar. Pero me da miedo que mis padres se
enfaden conmigo, así que me quedo sólo en mi habitación y allí, apartado de
todos, ensayo canto, hago coreografías e interpreto obras de teatro.
Al finalizar, el Príncipe se sintió mucho mejor y, más
aliviado, le preguntó al Hada si querría oírle cantar. Ella se mostró encantada
y le dijo haciendo una reverencia – Sería un gran honor Su Majestad.
Peque cantó con una voz tan dulce y bailó con tanto
sentimiento que el Hada emocionada, no pudo contener las lágrimas y aplaudió
entusiasmada la actuación del Príncipe. Él corrió a abrazarla agradecido y le
preguntó si le gustaría ser su amiga para siempre – Claro que sí – contestó
ella feliz.
Entonces ocurrió algo mágico, las alas del Hada comenzaron a esfumarse lentamente hasta desparecer por completo convirtiéndola en una niña de verdad.
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